FICCIÓN O REALIDAD
La besó su madre desde el preciso momento en que nació. Su padre también la besó, un poco menos. Los hombres de antes eran más pudorosos en eso de andar besando a los hijos.
Después se posaron en ella los besos de la familia cercana -abuelos, tíos, primos- y hasta los besos de la familia lejana. Familia numerosa, suficiente, sin excesos.
Besaron a la niña los amigos de esa familia, los vecinos, los conocidos y más tarde la besaron las maestras. Transcurrió su infancia y trasladó esos besos a las meji-llas de sus hermanos.
En la adolescencia tuvo inocentes noviazgos que se limitaron a infinitos besos. Llegó el día en que besó en la Iglesia al que sería el padre de sus hijos. Años más tarde la vida le indicó que debía dejar de besarlo.
En los hijos multiplicó tantos besos. Días de mimos,
comiditas, baños, juegos, cumpleaños. Noches de fiebre, de insomnio, de cortar dientecitos, de salir para el trabajo, de dejarlos en la casa de la abuela o en el jardín de infantes. Durante los años siguientes sumó besos a los guardapolvos blancos.
Un día renació el amor y compartió sus besos con un hombre que sintió definitivo. Deseó y creyó que siempre iban a besarse como el primer día, como cada día, como cuando el Juez les dijo que podían besarse, como cada noche antes de dormir. Los besos para los hijos se multiplicaron por dos más.
Todos los hijos la besan, unos más que otros. Hoy abundan los besos en mensajes de texto cuando no están a su lado. Es una mujer que comparte sus besos con sus amigas, con sus amigos, con los hijos de cada uno de ellos, con los amigos de sus hijos.
Un día, mientras ella juntaba los platos de la mesa de su casa, separó los pedacitos de pan que estaban intactos y los guardó en una bolsa. Ese tesoro se sumaría a un litro de leche, huevos, ralladura de limón y azúcar. La mezcla sería invadida por pasas de uva, nueces o lo que hubiera antes de ir a parar a una budi-nera acaramelada. Besó un trocito de pan que estaba mordisqueado antes de tirarlo al cesto de basura. Recordó las exactas palabras con que le había explicado su abuela: “la gracia de Dios no se tira, por eso se besa el pan que no ha de comerse”.
Son conmovedores los besos de ficción porque casi siempre reflejan besos de la vida real. Al hablar de besos es imposible no recordar las imágenes finales de “Cinema Paradiso” porque esos besos ocupan la cabeza de cualquier persona que la haya visto. Esos besos también se multiplicaron porque muchos volvieron a verla. Ese segmento de la película circula por Internet como la sangre al besar.
Siempre hay un Café que es testigo de las historias de cada uno porque frente a las tazas ya vacías se habla de todo. En esa intimidad a veces se omite el cuidado de silenciarse al lado de otras mesas habitadas. Gran parte de ese todo es el amor, el que la mujer creyó definitivo. En veinte años seguramente los besos fueron miles, incontables. Ella le decía a su amiga que lo extraña en cada segundo, en cada hora, en cada día, en cada noche, en cada gesto, en cada acción. Extraña la compañía, la permanencia, el amor. Extraña que antes de irse a trabajar o al llegar del trabajo y en todo momento en que él llegaba hasta su casa acercaba sus labios para concretar el milagro del beso.
Siempre fue igual la realidad o la ficción, el pasado o la actualidad, lo que le pasa al vecino de la cuadra o al de la mesa del café. Los besos fueron y son la señal.
De repente recordé a una amiga de mi madre que estaba cansada de que su vecina se metiera en su vida y le preguntara a dónde iba o de dónde venía y tampoco evitó la pregunta sobre por qué su esposo volvió inmediatamente después de haber salido para el trabajo. Prefirió no contarle que el hombre se había ido sin las llaves del cofre de la fábrica y le contestó: “volvió porque se olvidó de darme un beso”.
Director General: DANIEL ARMANDO VOGEL director@eldebate.com.ar
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