Era el 29 de abril
Cada mañana, antes de abrir los ojos, apagaba el despertador y encendía la radio. La voz ya le resultaba familiar a fuerza de informarle cada día la hora y la temperatura. Cinco y uno. En ese momento aún no sabía si eran las horas y sus minutos o los grados y sus décimas.
- Si es la hora, bueno, pero si es la temperatura, estoy frito -pensó mientras deslizaba sus pies y convertía las alpargatas en chancletas-.
- ¡Ya voy! ¡Ya voy! -le gritó al perro que empujaba la puerta para entrar-.
Nunca supo el hombre si el perro lo esperaba desde antes de las cinco o si escuchaba el despertador. El animal quería darle los buenos días a su dueño, quería que lo llevara un rato a la calle -aunque fuese atado-, quería comer, tomar agua, una caricia.
- Era la temperatura nomás. ¿Dónde diablos habré metido los guantes?
Mientras se preguntaba cómo el perro comía ese alimento que daba asco, se vistió despacio con la ropa que había preparado la noche anterior y sobre el pullover agregó un chaleco de tejido grueso. Buscó las medias de lana y las sintió más finas, por gastadas, por apelmazadas, quizá porque envejecían como él. Siempre tenía esas prendas a mano esperando que el invierno se anunciara. No lo esperaba tan pronto.
Pensó que a la noche se podía cocinar una buena polenta, hacer un tuco con carne y convidar a su compañero. El perro parecía adivinar esos pensamientos y le contestó apoyando apenas una pata delantera en la rodilla del hombre. Era un animal grande. Sin embargo, era suave el modo de tocarle la rodilla. El hombre se agachó un poco para tocar la cabeza del animal y ante el hocico que se estiraba se arrepintió de inmediato.
- ¿Cómo te digo ahora que me voy a trabajar sin sacarte a la calle? Dale, vamos.
Tomó una taza llena de café azucarado, comió unas galletas marineras y se calzó la campera. Se puso los guantes de cuero de corderito, ya estaban gastados los pobres, le habían sido fieles como su perro. Sacó la bicicleta del patio y la correa.
- Encima llovió. Debe estar todo el pasto mojado, te vas a ensuciar todo, no me puedo quedar a limpiarte, tengo que ir a trabajar.
Dieron sólo dos vueltas a la manzana. Volvieron rápido y lo encerró.
El hombre que tomó el mismo camino que cada mañana no confiaba en los colectivos y la bicicleta se lo sabía de memoria. Quedaba cerca su lugar de trabajo y unos cuantos minutos de pedalear le ahorraban bastantes rezongos. La temperatura no era buena compañera ese día y aún con abrigo sintió frío. Llegó frotándose las manos y dio unos saltitos al igual que sus compañeros.
Trabajaron unas cuantas horas, pararon para comer y tomaron café. Volvieron al laburo y a la tarde se defendieron del frío con unos mates. Ese día convivieron con el otoño que se había disfrazado de invierno. Los hombres cotorreaban como mujeres y entre ellos se convencían de que conversar les hacía entrar en calor. En esa charla cayó en la cuenta de que era 29 de abril y dijo que era el Día del Animal.
- Tenés que hacerle un regalo a tu perro -le dijo uno, muy serio-.
- Este tiene un perro al que le falta hablar nomás -agregó otro-.
- Le regalé dos vueltas manzana y le iba a convidar de mi comida esta noche. Parecía adivinar lo que pensaba y eso que no me acordaba que era su día.
- Che, podemos ir a comer a tu casa. ¿Qué le vas a hacer de comer al perro? ¿Asado?
- No le voy a hacer de comer al perro, voy a hacer polenta con estofado y le voy a dar a él también, pero le tendría que hacer comida todos los días porque eso que come…
- Bueno, aunque al perro le guste tu comida, no hace falta que a vos te guste lo que él come.
- ¡Le podés festejar el Día del Animal con nosotros, si siempre te la pasás hablando del perro, ya lo conocemos!
Así se armó la cena. Esa noche -temprano, porque al otro día había que trabajar- el hombre hizo polenta con estofado para los compañeros del turno.
Nunca supo el hombre si el perro lo esperaba desde antes de las cinco o si escuchaba el despertador. El animal quería darle los buenos días a su dueño, quería que lo llevara un rato a la calle -aunque fuese atado-, quería comer, tomar agua, una caricia. Al final, el perro quería lo mismo que el hombre.
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