Médicos de CICOP realizarán un paro que durará cuatro dias a partir del martes. La medida se realiza en rechazo a la última oferta salarial realizada por el Gobierno Bonaerense.
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20-08-2012 Mensajitos (su saldo está por agotarse)
Cuando las cosas se normalicen
Por Armando Borgeaud y Osvaldo Croce

    Es bueno eso de no mirar al enemigo directo a los ojos para no convertirse en su esclavo, no enamorarse perdidamente de eso que nos morimos por negar pero que tironea desde adentro en el reflejo que viene. No ser el otro tan rápido y presentar más resistencia. Y seguir creyendo que uno es distinto. Y seguir peleando para sacar lo mejor de si.
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    Sencilla como un vaso de leche, la tarde cae sobre los dos zapatos que van a comprar el pan hasta la esquina. El vuelto tintinea sobre la mesada de chapa, debajo de los dos bigotazos de don Cosme. Desde la sombra del plátano buscan lugar los chillidos gorrionados. Lo único que falta es un poco de óleo, un caballete, un alma sensible y el recorte necesario del tiempo para ganarse toda la eternidad.
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    Qué bueno sería creerle a los afiches de colores, a las voces sensuales, a las chicas de las tandas en la televisión. Creer que los productos nos cambiarán la vida después de probarlos. Que viviremos más sanos, en mayor contacto con la naturaleza, con nuevos sabores, respaldo y garantía brindados por gente que sólo piensa en nosotros, en hacernos bien. Qué extraordinario sería creer que nos costará muy poco comprar todo lo que se nos ofrece en renovados envases, tan prácticos, tan originales, tan imprescindibles.
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    Barajando naipes aprendió a manejar los dedos y supo sacar de un piano aquellos tangos que, en las tardes invernales, silbaba el ciego amigo de su padre. Mintiendo en el truco aprendió a defenderse en la vida, un as en eso de ocultar lo que no conviene mostrar sin más. Descartándose al chinchón aprendió a dejar de lado a personas, nombres, besos, caricias, trabajos, autos, con tal de llegar al triunfo de sobremesa, el único a su alcance. Aprendió tanto de las cuarenta barajas que hoy ya es naipe marcado y no le queda más que rajar de los espejos, de los otros, de si mismo.
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    El pantalón pijama celeste siempre impecable. La camiseta blanca bien planchada. Las pantuflas marrones lustrosas y la escoba como compañera de baile en la vereda que deja sin una hojita de otoño. La radio siempre sintonizada en el Fontana Show, el jardín controlado de hormigas y yuyitos, todos los elementos limpios y en su lugar sobre el estante del galponcito, arriba del lavarropas que ella no para nunca. Los diarios viejos bien apilados y atados con piolín para vender por kilo al carnicero que lo espera cada jueves a la tardecita. La pasión por la ópera en todos esos discos de pasta junto al viejo fonógrafo con olor a humedad. Su voz profunda sale en el atardecer desde las celosías altas, momento del descanso de su obsesión por el orden. O los domingos después de los tallarines que llevan su salsa perfectamente balanceada, cuando maldice cada vez que le hacen un gol a Racing. Así quedó en mi memoria don Mendoza, que en paz descanse.
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    Sabemos que la lógica no existe, que cualquier suposición o fantasía resultará cierta en cuanto menos lo esperamos y por más audaz que parezca. Lo sabemos y lo respetamos, repite la voz alta y negra del hombre rojo de rabia paseándose entre las cabezas gachas que lo semblantean por los reflejos en las paredes azulejadas del vestuario. Pero que nos perdamos siete goles por no saber pegarle a la pelota y encima ese tronco del nueve nos meta un garrotazo de contragolpe, es demasiado. Así que ahora, o ganan el partido a lo macho o los hago echar a todos, manga de atorrantes. Acá nadie me juega con el apellido ni cuidando la piernita ni mirando a las minas de la tribuna. Se tienen que romper el orto por esta camiseta, ¿entienden? Vamos, a la cancha, pataduras. Quedan temblando los puntos suspensivos de la amenaza, pisoteados por los grandulones que se alejan hacia el segundo tiempo recibiendo una sonora patada en las nalgas apenas pasan por delante del maestro. Asomado a la noche, detrás del último suplente, el técnico abraza a un pibe, y responde sonriente, con el mejor aire de padre bonachón: tengo fe en los muchachos, les pedí que hagan lo que saben, nada más, porque con su calidad sobra. Después se sienta en el banco de madera y escucha, fumando como si nada, los elogios del movilero sobre su madurez.
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    “Pobre papá, no tuvo tiempo. Los días se le fueron yendo como a mí, sin darse cuenta. Apilados sin gracia, pegados sin demora para ahogar un poco esa incertidumbre de no saber qué pasará con uno, la familia o el futuro. Siempre prometiéndose, antes de cerrar los ojos cada noche que tal vez dentro de un tiempo, cuando las cosas se normalicen, él va a poder estar con todos nosotros de otra manera y podrá hablarnos con esa tranquilidad que necesita y no alcanza, de las cosas de la vida. Porque él tiene mucho que decirnos sobre lo que ha aprendido del egoísmo de la gente, de la injusticia, de los misterios del cielo que ha mirado en las noches heladas junto al río, mientras los barcos ingleses, obviamente sin bandera inglesa, se llenan de carne para la guerra que no terminará nunca. Y tal vez si las cosas se normalizan hasta podrá ir conmigo al fútbol todas las veces que queramos. Y como todo eso le dará más ánimo, quien le dice que el deseo no le enquilombe la vida un poco con un buen par de piernas. Pero las cosas nunca se normalizan, y como dice Martín, el trabajo nunca se termina y los miedos se relevan, granaderos estrictos, silenciosos. Por eso, viejo, hoy no voy a laburar, me quedo en la cama leyendo esta novela policial. Y dejá de mirarme así porque doy vuelta el retrato y listo”. Ya en el taller, renegando con un motorcito, el hijo del Chueco Velazco piensa que, apenas las cosas se normalicen un poco, se va a tomar un día para ir a pescar o para terminar de una vez el policial.

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